«¡UNA GRÀCIA DE CARITAT!...» Diario de Barcelona 7-XI-1905
«¡UNA GRÀCIA DE CARITAT!...»
Muchas veces me siento tan orgulloso de ser barcelonés como pudiera estarlo un antiguo romano de su ciudadanía; pero hay otras veces que me avergüenzo de serlo; y ahora es una de estas veces.
Aquel hombre que hace el Templo de la Sagrada Familia me ha dicho que están acabándose los recursos para continuar aquella obra; que los donativos disminuyen. Es decir, que la idealidad disminuye entre nosotros. Siempre me he recelado de esta mezquina idealidad que es la tara mayor, la tara esencial de nuestra naturaleza; pero que ahora me digan que la idealidad todavía disminuye, es cosa que me hace perder la serenidad. Porque el día en que las obras de la Sagrada Familia queden paradas por falta de recursos, será para Barcelona, será para Cataluña, un día más funesto que aquel en que estalla una bomba en la vía pública, ó aquel en que se cierran cien fábricas. Porque un pueblo en sangrienta anarquía, un pueblo en la miseria, es todavía un pueblo y tiene derecho á toda esperanza; pero un pueblo sin idealidad no es nada ni tiene derecho á nada.
El Templo de la Sagrada Familia es el monumento de la idealidad catalana en Barcelona, es el símbolo de la piedad eternamente ascendente, es la concracion pétrea del anhelo hacia lo alto, es la imagen del alma popular; y tantos templecitos y capillitas y palacetes y conventos como se están levantando aquí y allá entorno suyo, son pequeñas idealidades y pequeñas piedades respetables y hasta plausibles en su medida, pero con tal de no ofuscar la grande. ¿Seremos un pueblo cuya idealidad y cuya riqueza se emplee en hacer muchas cosas pequeñas? Es que si somos incapaces de hacer la mayor todas las demás vendrán abajo cualquier día. Porque la medida de nuestra fuerza está en ella, y ¡ay! del día en que ella, paralizada, diga llorando: ¡No pueden más!
Ved que hay signos del sentido providencial de aquella obra. Cuando el sentimiento de la personalidad catalana inicia su expansión ideal, y la ciudad de Barcelona su expansión material, del obscuro fondo de una tienda de la población antigua surge un hombre pequeño con una idea grande: hacer una catedral nueva. Y empieza una labor humilde y tenaz, y con ínfimas limosnas emprende la obra gloriosa: la fundamenta bajo tierra allá en el lejano arrabal que es el campo todavía; la ciudad aún está lejos y no sabe nada; pesan años, las pequeñas limosnas aumentan, las piedras van apretándose bajo tierra para sostener la mole gloriosa del porvenir: nada se ve aún, la ciudad va avanzando majestuosamente hacia ella, pero nada sabe todavía (y allí se está labrando su gloria). Y en el momento en que la semilla germinada levanta el terrón y la planta va a aparecer á flor de tierra para alzarse á la luz, surge, como enviado de Dios, otro hombre, un visionario con la visión de aquello.
Como es un visionario, nadie se ocupa de él ni él de nadie; pero empieza á tejer su visión á solas, y como una gran floración de los siglos empieza á alzarse el templo. La ciudad, que va avanzando hacia allá, advierte un día la mágica aparición, y queda atónita; después se va acercando à ella con anhelo; y cuanto más se acerca, más se levanta el templo; y el visionario oculto en él va dando su tejido de idea en piedras que se alzan palpitando todavía la vida que las engendró, la vida catalana, porque aquel hombre es el genio de Cataluña. Y la ciudad va avanzando encantada su oleada de edificios hasta el pié de las agujas que lanzan al cielo triunfantes un manojo de flores y espigas. La ciudad crece y el templo crece, ambos informes, porque el alma está todavía muy adentro. La ciudad muestra orgullosa el templo en marcha á todo forastero; el templo ennoblece a la ciudad en su expansión material; pronto Barcelona será la ciudad de aquel templo, y parece que el templo no puede ser sino el de aquella ciudad: están ligados para siempre.
He aquí que ahora la obra del templo va á quedar paralizada. ¿No sentís correr por vuestras venas el terror de los presentimientos? ¿ó es que no la sabíais esa solidaridad? No la sabíais, no. No lo conocéis aún el Templo de la Sagrada
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Familia; no lo habéis mirado bien; vuestra solidaridad está todavía con el templete y con el palacete y con toda idealidad mezquina, y con toda piedad pequeña. El alma todavía está muy adentro. Porque yo he oído de donativos muy grandes para cosas muy pequeñas; pero para esta cosa grande de la Sagrada Familia, solo he oido de pequeñas limosnas, de lo que se llama el óbolo del pobre, el más precioso, el mas acepto á Dios, el más glorioso para la obra: ¡una obra así, por suscripcion popular! Pero, y vosotros ¿no sois pueblo también? ¿queréis que el pueblo sea solo el pobre curita de aldea, y la pobre beatucha -que diréis vosotras ricas beatas- y la madre que pudo votar dos reales por la salud del hijo, y el jornalero que tiene una oculta devoción, y la doncella por un favor pedido á un santo, y el campesino que pone solemnemente en el cepillo una pequeña moneda fina con su mano callosa y grande? ¿queréis que el pueblo sea solo éste? ¿no queréis ser pueblo vosotros? ¡Ay! ¡el alma todavía está muy adentro!
Pues bien, sabed que el pueblo se ha cansado de dar, ó no puede más. El pueblo hacia su templo, nos hacia el templo grande; pero viendo que vosotros no queréis nada con el templo ni con el pueblo, ha empezado a cansarse del templo y de vosotros...o es que realmente no puede más. El pueblo no puede más... ¿no os hace temblar tampoco esto si tenéis algo de pueblo en vosotros todavía?; y si no tenéis nada ¿no os hace temblar todavía más?
Hubo un tiempo en que todo buen burgués de Barcelona, al disponer de sus bienes en testamento, creíais obligado á ordenar un legado en favor del Hospital de la Santa Cruz. El hospital era de fundación particular, como lo es ahora el templo, y por esto cada ciudadano lo sentía como algo suyo, porque dentro de sí sentía toda la ciudad; y es que aquella ciudad antigua tenía sus ciudadanos, y la ciudad nueva todavía no los tiene que sientan la nueva y gran ciudadanía: aquellos sentían la piadosa utilidad del hospital general, y éstos ¿no sienten la utilidad del Templo? Pues yo les digo que el Templo es más útil que un Hospital y más que un asilo y más que un convento; porque en la acción de levantarlo hay la virtud que hace todos los hospitales, y todos los asilos, y todos los conventos: y les digo que el Templo es tan urgente como el socorrer la mayor necesidad material. Suponed que en la clásica Atenas mucha gente vivió y murió muy pobremente, y os dolerá; pero suponed que no llegó à construirse el Partenón, y no sabréis lo que os pasa. ¿Qué hacia mas falta al pueblo griego? ¿qué hacía más falta al espíritu humano?
Pues ahí tenéis ahora nuestro Partenón á medio hacer y que no puede más. Ved que con él somos todos nosotros los que quedamos á medio hacer. Ved que aquel hombre que hace el templo, haciéndolo, nos hace también á nosotros; ¡ay si no llegáis a ver claro este misterio! Ved que la cosa no admite dilaciones, que los años pasan, que el hombre providencial puede morir, y entonces, ¿qué?; él bien dice que no importa y que el templo puede ser obra de los siglos; pero yo creo que él no tiene derecho a morirse hasta habernos dado toda su visión, que es la visión de su tiempo, y de nosotros que somos su tiempo; después los siglos harán con ella lo que convenga. ¡Ay! (!) si nosotros, con nuestra avaricia le damos el derecho de morirse legando a los siglos su visión incompleta; ¡ay! si aparecemos ante los siglos, pueblo frustrado, con un templo frustrado. He aquí -dirán- el pueblo del templo frustrado. He aquí l'avara povertà dei catalani.- Y el estigma del Poeta quedará indeleble en la frente de Cataluña.
¡Oh! ¿por qué no sale Antonio Gaudi á la calle á mediodía con el sombrero en la mano, pidiendo en alta voz á todos limosna para su templo? Yo quisiera ver eso, y si esta gente nuestra demasiada cuerda, enloquecía al fin en santa locura, ante el acto sublime, y arrancarse las joyas del pecho y de los brazos, y los billetes de su forrado escondrijo, y los pobres dar su pobreza y los niños sus juguetes en una explosion de delirio que ciñera como una aureola el paso del vidente; y yo creo que al compás de este delirio, allá lejos el templo se iría alzando solo, las piedras florecerian piedras, las columnas echarían arcos como ramaje, la bóveda se curvaría suavemente, la visión seria, porque el pueblo sería. Y entonces sí que Cataluña entraría en los siglos con la majestad de un pueblo que ha hecho su templo nuevo. ¡Oh! visión, visión, quiero creer en ti. Quiero provocarte finalmente diciendo lo que Gaudi gritaría en alta voz por la calle á mediodía: ¡Una gracia de caritat per l'amor de Deu! J. MARAGALL.
Páginas en hemeroteca 7 de 48 y 8 de 48 del dia 7-nov-1905 del Diario de Barcelona
https://ahcbdigital.bcn.cat/es/hemeroteca/visualizador/ahcb-d057372
Observaciones o curiosidades: He optado por mantener el texto igual que el texto del Diario de Barcelona de 1905, donde las letras suelta a y o, van con acento á y ó. En los textos posteriores van sin.
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